El pueblo de Andacollo ha optado por la memoria. Cada cerámico que pegamos exigiendo justicia, es una huella profunda que da cuenta de la decisión de los ciudadanos de esta comarca porque no se olviden los hechos graves y dolorosos que se abatieron sobre el pueblo de Neuquén. Es cierto, que casi sin excepción, las victimas del poder encuentran un lugar en nuestra sensibilidad, porque se percibe claramente la desproporción y la injusticia. Pero su paso es fugaz porque vivimos en una realidad en la que los que mandan imprimen sus símbolos y sus referencias y eligen las que van a perdurar. Por eso es tan importante este acto de colocar un testimonio en un muro. Es grabar una voluntad, la voluntad de esta comunidad, para que perdure su sentido y su intención. Para que sea visto y recordado, para que genere preguntas, para que ventile la historia ante el sofocante ejercicio del oculta-miento.
Cada acto de memoria es un acto de poder. Porque rescata lo que tenemos de independientes, de autónomos, de sujetos dispuestos a defender la escritura de nuestra propia historia. Es un acto político, no partidista, para exigir y construir una justicia para todos, sin impunidad y sin privilegios. Claro que la muerte es un fenómeno natural, pero el asesinato es un hecho social y cuando es protagoni-zado por el Estado es un crimen con responsabilidades y responsables claramente identificables. Es un acontecimiento que además modifica las circunstancias históricas. Cuando es asesinado un ciudadano por la voluntad arbitraria del poder, la herida es inmensa y abarca, no sólo a los que lo querían próximamente, sino también a los que no sabíamos de su existencia, que quizás ni siquiera pensábamos igual, pero si compartíamos sus circunstancias y vivíamos su tiempo. Con él se va una parte de todos nosotros. Pero no decimos la de las trabajadoras y trabajadores de la educación... No, de todos, toda la ciudadanía que siente que le arrebatan algo propio: al hermano desconocido, al amigo, el padre, al trabajador. Al ciudadano, sencillamente, que ejerce su derecho. Carlos Fuentealba se suma a los muertos en las luchas populares, a los que dieron su vida por el hecho de “estar ahí”, como creyeron que se debía estar, aportando el grito, encrespando el puño. La condición de “uno más” que designa a los muertos del pueblo muchas veces está acompañada por un grado de anonimato que despoja a esas personas, de la intensa humanidad que los caracterizó. Esa humanidad que los hizo sensibles a las circunstancias que lo condujeron al lugar de su martirio. Con actos como éste queremos proveerle permanencia a esa humanidad que también nos humaniza.
La vida, la azarosa vida, que nos da y quita oportunidades, que nos coloca frente a opciones, que a veces nos provee lucidez para definirnos con fundamento y otras veces no, esa vida colocó a Carlos frente a su asesino, el que apretó el gatillo. Pero al asesino material lo colocó el poder y es una decisión política que debe ser juzgada y castigada. Si el gobierno a través del Estado se permite ejecutar a una persona - cuando ninguna ley, ni constitución autoriza la pena de muerte - asume una responsabilidad frente a los ciudadanos por la que debe respon-der. La idea de responsabilidad política no es una exclamación simplemente. Cuando la expresa un gobernante sin asumir los costos de una investigación profunda es una triste bravuconada que proclama el desprecio hacia el mandato y la investidura que el pueblo le otorgó. Pone de manifiesto la impunidad y la desigualdad.
Vine hasta aquí... y me quedaré, quiere decir este testimonio que hoy colocamos aquí por voluntad de los integrante de esta institución. Si como maestro, Carlos Fuentealba, asumió la responsabilidad profesional de acompañar la suerte de otras vidas, las de sus alumnos, como actor social su condición de símbolo es tan notoria y aun más firme. Aquí puede leerse lo que hace el pueblo en su historia, aquí puede reconocerse uno más de los lentos y dolorosos pasos de una parte de la humanidad por construir un mundo mejor.